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  Principios

 
HISTORIA Y CAMBIO”: CONTINUIDAD DEL ESPÍRITU JESUÍTICO
 
 
En el transcurso del año 1974 la Universidad del Salvador vive el proceso que va a culminar en el desligue, momento de su historia en que la Compañía de Jesús confía su conducción a los laicos de la Asociación Civil. Cuando la Universidad, a través del Consejo de Laicos manifiesta la intensa necesidad de preservar su identidad, el R. P. Provincial le presenta el Documento “Historia y cambio”, donde quedan delineados los puntos en los que la Nueva Universidad del Salvador deberá apoyarse para ser fiel a sí misma, para rescatar su “continuidad en el espíritu jesuítico: lucha contra el ateísmo, avance mediante el retorno a las fuentes, universalismo a través de las diferencias”.
Estos tres pivotes orientarán la espiritualidad y la misión de la Universidad del Salvador. Será una Universidad “fundada en la fe, es decir crítica e innovadora”, una institución que, llevada por un sentido trascendente, religioso de la vida, ponga de manifiesto la crisis del ateísmo moderno -desde su perspectiva inmanente-, su imposibilidad de juzgar globalmente la aventura del hombre contemporáneo. Una Universidad cuya acción hacia adelante sea fiel a las fuentes marcadas por la institución organizante de San Ignacio de Loyola. Una Universidad que asuma la “seguridad de que la verdad encarnada solo se muestre en el juego diverso de lo creado”.

CARTA DE PRINCIPIOS: HISTORIA Y CAMBIO
“Sé muy bien que más de una vez os atormento cuando parece que impongo nuevo peso a hombros ya en demasía sobrecargados; tomad ... las obras ya comenzadas, no como si tuviésemos la obligación de seguir conservándolas todas; antes bien, analizad con otros ojos, como si ahora por primera vez se tratase de establecer la provincia desde sus cimientos, lo que tenéis y lo que todavía no tenéis. Abandonad con fortaleza lo que es de menos importancia, emprended lo que de veras la tiene mayor ...”
 
Padre Janssens S.J.
Vieja y Nueva Universidad del Salvador
Su continuidad en el Espíritu Jesuita
Tres rasgos salientes
A- LUCHA CONTRA EL ATEISMO
El ateísmo moderno es un tema cargado de significaciones; una de ellas tiene especial interés para la construcción de una Universidad distinta: se trata de las consecuencias que acarrea la ausencia de un sentido trascendente (religioso) de la vida, en la comprensión de los fenómenos históricos y sociales.
El mundo moderno es una suerte de despliegue triunfante de las más diversas experiencias históricas. Tanto el capitalismo como el marxismo han realizado plenamente su sentido en grandes estados y colosales imperios.
La realización práctica de las ideologías básicas de la época toma necesaria, como contrapartida, la determinación de sus límites, como paso previo a su superación.
Mientras las grandes ideologías eran solo propuestas más o menos abstractas y no realizadas, se creyó ingenuamente que sería su propia dinámica inmanente la que fijaría sus límites. Transformadas en realidad, convertidas en camino recorrido durante décadas, la situación es otra. Lo inmanente no ha cumplido con sus promesas. Se necesita ahora una visión distinta, aunque no siempre opuesta, que las trasciende. En breve: es preciso un criterio trascendente, una actitud religiosa para juzgar eficazmente a la historia.
Solo lo trascendente permite recuperar la noción del salto definitivo hacia la liberación, y a través de esta noción profundamente religiosa, volver a lo cualitativo y a lo distinto. Sin lo trascendente, no es el hombre el que empuja la historia, sino las fuerzas inertes del progreso técnico. Si se ausenta, es imposible comprender el fin de una época y la posibilidad de una civilización distinta se esfuma en una infinitud “progresista” de signo tecnocrático.
La crisis del ateísmo moderno reside en su incapacidad para juzgar globalmente las grandes aventuras del hombre contemporáneo. Su inmanentismo le impide totalizarlas e ir más allá de lo meramente cuantitativo. No supera los límites del mundo moderno porque no los encuentra, limitándose a colocar el futuro en la extensión indefinida de experiencias históricas que considera esencialmente inmodificables.
Ante el encierro ateo, resurge con toda su fuerza la necesidad de un sentido trascendente de la vida, aproximándose el más grande renacimiento religioso que ha conocido el hombre.
No existe en nuestros días un pensamiento verdaderamente crítico que no cuente con una dimensión trascendente; es el único capaz de innovar críticamente experiencias históricas que llevadas por su inmanencia han terminado en lo puramente cuantitativo.
La lucha contra el ateísmo, en síntesis, no se diferencia de la crítica trascendente al mundo contemporáneo.
En esta tarea, el mayor aporte obtenido por el pensamiento trascendente proviene de su antagonista ateo.
Así como el futuro se elabora a partir de lo actual, también la actitud trascendente que guía su construcción incorpora, mediante el discernimiento, los elementos del ateísmo que comportan una crítica válida a las manifestaciones enajenantes y a las civilizaciones tramposas de lo religioso.
El renacimiento religioso que aguarda el mundo volverá a lo esencial de sí mismo, atravesando el ineludible tamiz crítico del ateísmo moderno; así alcanzará su mayor triunfo ante el más temible de sus adversarios, al incorporar a su seno lo mejor y lo más válido que este posee.
En esta perspectiva actuará la Nueva Universidad del Salvador: será una Universidad fundada en la Fe, es decir, crítica e innovadora.
El nuestro es un pueblo fiel; un pueblo creyente. Esa es su fuerza.
Esa Fe popular ha sido -y es- despreciada por la soberbia ilustrada que, en su ceguera, la ha calificado sucesivamente de credulidad y alineación.
Pero la Fe de nuestro pueblo es más profunda que sus críticos. Y así muestra que su cristianismo no es un formalismo teórico, superficial y feble, sino una práctica concreta y cotidiana, de amor y solidaridad. Para él, Jesucristo no es solo un Dios, sino Aquel que dejó el amor entre los hombres.
Y este, como lo saben en el fondo de su alma los más fríos escépticos, es la única fuente de los cambios profundos, el único sustento de una revolución por la justicia y la paz..
B- AVANCE MEDIANTE EL RETORNO A LAS FUENTES
El futuro se alcanza profundizando el camino recorrido. Es un proceso de vuelta a los orígenes, o mejor dicho, de afirmación de las diferencias.
No es un intento de crítica externa de la experiencia realizada, sino la asunción como propia de una travesía de la que se es parte.
En cambio, por eso, no consiste en la imitación servil de modelos ajenos o en el abandono de lo propio, sino en la continuidad crítica de los movimientos populares del signo nacional, protagonistas esenciales de la Argentina moderna.
Más aún, el resurgimiento cultural de la América Latina exige retornar a las líneas maestras de su tradición hispánico-indígena, como fundamento del cambio revolucionario hacia un futuro en el que se reconozca.
Exactamente el mismo criterio debe aplicarse a la construcción de la Nueva Universidad del Salvador. Por eso, el espíritu que debe presidirla es el mismo con que la Compañía de Jesús ha reconsiderado su misión apostólica global.
C- UNIVERSALISMO A TRAVÉS DE LAS DIFERENCIAS
Desde los comienzos de su historia, la Compañía de Jesús comprende y respeta las diferencias históricas, culturales y psicológicas que confieren su sello intransferible a los pueblos de la tierra.
Empujada por el espíritu evangélico de su fundador, afirma desde sus inicios el contenido universalista de su acción. Una es la verdad de Cristo, pero múltiples e intransferibles sus manifestaciones históricas y humanas. Solo en el juego diverso de lo creado se muestra la verdad encarnada.
No es extraño que la Compañía enfrente a la entonces naciente pretensión liberal-burguesa de homogeneizar la realidad histórica y humana del mundo, mediante la acción conjunta del centralismo estatal y el racionalismo iluminista, en detrimento de la riqueza multifacética de lo creado.
Entre las experiencias misioneras más importantes de la Iglesia, se encuentran las que han sido obra de la Compañía de Jesús. En China como en el Río de la Plata, la Compañía se niega a ser la justificación religiosa de la expansión europea, al brindar a los pueblos misionados los elementos organizativos y sociales que les permitieron el libre desarrollo de su individualidad cultural, integrándolos en lo universal a través de una Fe sentida como propia.
La Compañía es fundacionalmente universalista; y por ello contraria a los internacionalismos homogeneizantes que, por “la razón” o por la fuerza, niegan a los pueblos el derecho a ser ellos mismos.
Cuando en este momento de su trayectoria varias veces centenaria, enfatiza el apostolado social, dirigiéndose al encuentro con los agentes de cambio -los pueblos- no hace más que retornar a su sentido originario, criticando con inusitada valentía sus desviaciones históricas.
Superado el largo repliegue histórico iniciado a mediados del S. XVIII, durante el cual debió aceptar, por lo menos tácita y parcialmente, las reglas de juego de su adversaria, la sociedad del lucro y el individualismo, la Compañía vuelve a desplegar a pleno sus banderas iniciales de comunidad, fe y disciplina, al servicio de los pueblos.
Concibiendo el apostolado social como la inmersión religiosa en la vida de los pueblos, la Compañía afirma prácticamente, que solo a partir de esa concreción es factible la construcción de una sociedad más humana, es posible “hacer la Justicia”.
Y es allí, en los pueblos -personas estructuradas por antonomasia- que la Iglesia reconoce y reafirma -y dentro de la Compañía- su sentido de disciplina y su concepto de organización.
Coherentemente, la Congregación General XXXI, orienta el apostolado de la Educación hacia las “... soluciones de tipo regional dada la gran variedad de circunstancias de unos países con respecto a otros y por el hecho que nuestra enseñanza constituye solo una parte muy pequeña del conjunto educacional de cada Nación”.
 
Jorge Mario Bergoglio, S.J. Provincial
Buenos Aires, 27 de agosto de 1974.
 

 
Palabras pronunciadas por S.E.R. Mons. Jorge Mario Bergoglio en la recepción que la Universidad del Salvador le ofreció con motivo de su consagración episcopal. 14 de agosto de 1992. [1]
 
*     1. La Carta de Principios es una sencilla enumeración de tres directrices: lucha contra el ateísmo, avance mediante el retorno a las fuentes, universalismo a través de las diferencias. Hoy, después de 17 años, se me pide que ponga voz a lo que, en aquel momento, escribí. Fueron aquellos tiempos difíciles en los que se nos proponía un desafío, tiempos de planes, conflictos, logros y borrascas. Al pensar en esto recuerdo el papel jugado por una mujer de esta Universidad durante aquellos primeros momentos... Mecha Terrén se mostró como piloto de tormenta, así como también en otra ocasión supo ella acuñar con sabiduría la frase que hoy, al tener que poner nueva luz a la Carta de Principios, viene a mí memoria: “Lo más importante que tiene una Universidad es lo menos permanente: sus alumnos”. Hoy quiero hablar pensando en ellos; no para ellos sino para los responsables de recibir en sus manos el precioso don de la juventud que cada año entra en nuestra Universidad. Hablo pensando en los chicos y chicas, en nuestros jóvenes, y lo haré siguiendo el pensamiento del Papa, lo que piensa él de estas directrices de la Carta de Principios, lo que piensa él de nuestros jóvenes... Y nosotros, a tomar candela... y al que le caiga el sayo, que se lo ponga.
Los Principios
*     2. Por el avance mediante el retorno a las fuentes “prestamos un servicio a la toma de conciencia y a la profundización de la identidad cultural de (nuestro) pueblo. La identidad cultural es un concepto dinámico y crítico: es un proceso en el cual se recrea en el momento presente un patrimonio pasado y se proyecta hacia el futuro, para que sea asimilado por las nuevas generaciones” (JP II, 5jul86). Se trata de un “promover el dinamismo y la expansión de la cultura sin poner en peligro la sabiduría ancestral de los pueblos” (8dic78).
*     3. Queremos hacer nuestro “el afán irrenunciable de universalidad” (JP II, 12abr87) al que nos exhortara Juan Pablo II en la alocución tenida en el Teatro Colón. Nos hacemos cargo de que “una urgencia particularmente importante hoy para la renovación cultural es la apertura a lo universal” (12abr87). Sabemos que toda cultura supone una localización en un área concreta: es la expresión de lo más noble de un pueblo determinado. Y sabemos también que esto no es un localismo, porque en tal caso no sería cultura, pues una cultura sin valores universales no es una verdadera cultura” (12abr87). No sólo los valores universales permiten que las culturas particulares comuniquen entre sí y se enriquezcan mutuamente, sino también sabemos que en lo particular de una verdadera cultura anida ya esa tendencia a la comunicación universal que constituye lo que en sentido hegeliano podríamos llamar el “universal concreto” (Cfr. J.M. Bergoglio, Reflexiones en esperanza, p. 298, nota 39). Esto es universalismo a través de las diferencias.
*     4. Nuestra lucha contra el ateísmo tiene una preocupación primordial: la lucha por el hombre, el sentido de humanidad (JP II, 12abr87). No podemos negar que la idolatría, manifiesta o larvada, incide en un empobrecimiento de la humanitas. Se nos pide hoy, al luchar contra toda forma de ateísmo y apostasía, “sembrar gérmenes de humanidad” (JP II, 12abr87). Proclamamos que “en el centro de toda preocupación y atención del mundo académico, al igual que de toda la sociedad, debe colocarse el hombre la investigación acerca de su verdad, el compromiso para su promoción, el respeto de su dignidad y de sus derechos” (JP II, 7jun88).
El hombre
*     5. El hombre, cuya característica principal es ser imagen de Dios (JP II, 15nov80), el hombre, a quien concebimos como la totalidad del ser, “pues encierra en sí una infinita profundidad de ser, imagen del Infinito por esencia, que es Dios mismo. Con qué veneración debemos pronunciar esta palabra: ¡hombre!” (JP II, 19oct85). Nuestro interés por el hombre no es el “del científico, desarraigado de la realidad, que considera al hombre como mero objeto de análisis, sino la pasión dolorosa de quien se siente implicado íntimamente en los problemas de quienes siendo víctimas, son semejantes suyos” (JP II, 8dic78). Nuestro interés por el hombre significa voluntad de servir al hombre (JPII, 8dic78). En este servicio hay una veneración por la obra maestra de Dios, el hombre, que “se revela a sí mismo como el único ser del mundo que ve desde el interior” (JP II, 9jun87), y por ello es capaz de colocarse, cara a cara, con la propia dignidad (JP II, 9jun87).
*     6. Desde esta concepción del hombre luchamos contra el ateísmo procurando “desarrollar un nuevo humanismo, abierto a la trascendencia y a sus valores, que representan el más seguro fundamento” (JP II, 7jun88). “Por ello es necesario que la información (científica) esté inspirada por la sabiduría, la cual, con un vivo sentido de responsabilidad, ha de respetar la escala de valores morales, espirituales y religiosos, todos ellos teniendo como centro al hombre, que en el mundo es el valor supremo” (JP II, 19oct85). El hombre tiene su señorío que ha de imponerse sobre todo lo creado, un señorío que nace del mandato divino de dominar la tierra (Gen. 1:28) y es iluminado por la Resurrección de Cristo. “Someter la tierra significa también ¡no subordinarse a la tierra! No permitir que ni cognoscitiva ni prácticamente el hombre sea `reducido´ al orden de los objetos” (JP II, 9jun87), y esta no reducción del hombre al objeto significa no andar por los tortuosos caminos de la “segunda forma de incultura” (Cfr. al respecto las reflexiones de Romano Guardini en J.M. Bergoglio, Reflexiones en esperanza, p. 289, n. 17), en la que el hombre, después de haber dominado la tierra, termina por ser esclavo de los avances que él mismo creó, los cuales, por la ausencia del señorío del hombre y la consiguiente referencia a Dios, se constituyen en un nuevo caos peor que el primordial, en una nueva forma de incultura.
*     7. Esto es una frustración: “¿puede el hombre frustrar el designio de Dios? ¿Puede el hombre frustrarlo para sí mismo?” (JP II, 15dic83). Si bien no podemos frustrar el designio divino en Dios mismo, sí podemos malograrlo para nosotros mismos: en esta dimensión, sí podemos frustrarlo. Aquí tocamos la grandeza y el drama de la libertad humana (JP II, 15dic83). Evitar tal frustración significa para el hombre “resistir tanto a la tentación de la autodeificación como a la tentación del menosprecio” (JP II, 9jun87). El hombre es atacado por ambos flancos, bajo formas variadas: reduccionismo ideológico que empequeñece (JP II, 24feb79), secularismo inmanentista vital que lo pervade todo, adulteración y corrupción del don de la juventud (JP II, 7jun88), la jactancia y la vulgaridad (JP II, 8dic78), el pluralismo de convivencia (JP II, 21may85), el formalismo, la neutralidad, el sincretismo (JP II, 12abr87), el aislamiento egoísta (JP II, 12abr87), escepticismo, nihilismo, toda forma de cinismo y narcisismo (25sep87), el temporalismo como criterio reduccionista del mensaje cristiano (JP II, 15may88)... y así podríamos seguir enumerando. Todas estas tentaciones, cuando logran arraigarse en el hombre, crean en él la atomización sin sentido del universo (JP II, 28oct86), apoyada por ideologías que inducen a someter las verdades de la fe a las propias categorías intelectuales (JP II, 25sep87), ideologías ya sean de corte individualista como de inspiración colectivista (JP II, 15may88); ideologías creadoras de falsos humanismos (JP II, 15may88) y potenciadoras de subculturas (26oct86) que disminuyen al hombre, lo enanizan encuadrándolo en un cosmos caótico, atomizado y salvaje.
Los trascendentales
*     8. Frente a toda esta gama de frustraciones que configuran la “gran cultura de la frustración” del hombre, el Papa nos advierte que toda cultura “gana calidad, en contenido humano, cuando se pone al servicio de la verdad, del bien, de la belleza, de la libertad, cuando contribuye a vivir armoniosamente, con sentido de orden y de unidad, toda la constelación de los valores humanos” (JP II, 12abr87). La ciencia no puede dar respuesta al problema del significado de las cosas (JP II, 15nov80), por ello el Papa señala hacia la pedagogía de los trascendentales: verdad, bien, bellezaunidad. Nuestra lucha contra el ateísmo afirmando la dignidad del hombre, su re-situación como centro del universo e imagen de Dios, pasa por esta pedagogía de los trascendentales. Sólo así podremos abordar los dos grandes desafíos que nos proponen las “Líneas para una nueva evangelización”: el desafío del secularismo y el de la justicia largamente esperada.
*     9. Hablo de pedagogía de los trascendentales. Y “pedagogía” me hace apuntar ahora a los responsables del trabajo pedagógico de la Universidad. El Profesor Universitario, el Directivo, el que realiza tareas de apoyo, el Administrativo en el ámbito de una Universidad Católica, en el mismo ejercicio de su función específica, debe ser un pedagogo, debe fundamentalmente ser un formador: un formador en la verdad, el bien, la belleza, la unidad. ¿Qué sucedería si no se da esto? Muy sencillo: cuando un Profesor, Directivo, uno que realiza tareas de apoyo, un Administrativo no es un formador, poco a poco la Universidad va dejando de tener alumnos y comienza a tener “clientes”: reniega de su misión de formar hombres y mujeres y se desplaza hacia el campo de la oferta y de la demanda de “material humano” (perdónenme la expresión) en el mercado de la docencia. Y en Argentina ya estamos padeciendo este problema. Basta leer con inteligencia los diarios. Se ha ido pasando de “centros de formación” a “centros de instrucción”, de allí a “centros de ideologización” y, finalmente, al sistema de “mercado de la enseñanza”. Las instituciones y personas que no tienen chance para competir en este mercado van engrosando las ya abundantes filas de los marginados en el sistema de enseñanza, una suerte de analfabetismo de la dignidad personal en aras de una elite mercantil, que en vez de formar ha optado por el simple funcionalismo que posibilita la adquisición de un título, con más o menos esfuerzo, con más o menos dinero, y con la estrecha mira de una proyección o rédito laboral futuro.
*     10. Esta situación, que estamos viviendo en nuestro país, manosea la dignidad del hombre, la dignidad de los chicos y chicas que nos piden con sus vidas los ayudemos  a ser más hombres y mujeres. Por ello, a 17 años de la Carta de Principios, teniendo en cuenta este panorama, quiero afirmar para nuestra Universidad que la lucha contra el ateísmo pasa por la lucha por el hombre, imagen de Dios, y por la formación de este hombre y esta mujer en los “trascendentales: la verdad, la bondad, la belleza, la unidad”.
*     11. Para ser un formador de hombres y mujeres y superar la tentación de convertirse en un “tratante” de material humano y de “clientes” estudiantiles, el Profesor, el Personal de apoyo y administrativo, el Directivo, debe asumir una postura de humildad como “actitud fundamental frente a Dios; es decir, la límpida y serena autoconciencia de la propia pequeñez, del propio límite, de la propia contingencia y condición de criatura con relación al Eterno, al Omnisciente” (JP II, 26oct86). Y, desde la base de esta humildad, animarse a despertar armónicamente (i.e., en unidad) en el alma de los jóvenes, el amor a la verdad, la belleza y el bien. Formar en los trascendentales es crear actitudes de certeza, valentía y gozo (JP II, 19dic80): la certeza que nace de la veracidad; valentía para asumir y difundir el bien; gozo en la contemplatividad de la belleza.
*     12. La verdad, la belleza y el bien son valores absolutos (12abr87) de la persona y crean verdadera cultura: la cultura de los trascendentales (JP II, 5jul86); cultura que posibilita una real pasión por la verdad (JP II, 7jun88) que es la clave de cualquier compromiso básico de la ciencia (JP II, 15nov80) y que pide de nosotros un contundente ascetismo de la inteligencia (JP II, 25sep87) para hacerla servidora de la verdad. El amor a la veracidad hace que el entendimiento humano alcance (en su doble aspecto de unificación y diversificación) aquel culmen con que lo define Santo Tomás: intellectus est quodammodo omnia (JP II, 9jun87) y esto porque “toda la realidad se entrega al hombre como tarea bajo el aspecto de la verdad” (JP II, 9jun87).
*     13. El bien que nos atrae para ser poseído y hacia el cual tendemos será la plenitud de nuestra capacidad de amar y de querer. Formar en el bien implica también una ascesis: la del corazón, que libere de todo egoísmo y cree en nuestros jóvenes un ámbito de comunicación, universalidad y sentido de humanidad (JP II, 12abr87). Bien nos lo recordaba el Dr. Moscati, Profesor Universitario, Director de Hospital e Investigador, hoy elevado a los altares: “No es la ciencia sino la caridad la que ha transformado el mundo” (JP II, 12nov87). Él “había experimentado directamente el primado del amor en el servicio a la vida. El mandamiento del amor tiene sus raíces en la ley natural de la solidaridad humana y recibe vitalidad del Amor mismo que es Dios” (JP II, 27dic87).
*     14. Finalmente, formar en la belleza en medio de una sociedad acostumbrada a cosmetizar la realidad, la fealdad y la desarmonía en un burdo intento por transformarla en pulcritud. Hacer que nuestros jóvenes se encuentren con la belleza, y suscitarles, en el estudio de la verdad, aquel “gradium veritatis” que sólo el Espíritu de Cristo es capaz de hacer crecer. La belleza, que en Dios es paz porque se identifica con el bien; la belleza, irradiación de lo trascendente y que, a través de la fruición del bien y el gozo de la verdad, nos eleva a la contemplatividad de la armonía del ser, en ese equilibrio dinámico de los opuestos.
Jesucristo
*     15. “Si la verdad que `el hombre supera infinitamente al hombre´ como dijo Pascal (Pensées, num. 434), es necesario entonces decir que la persona humana no encuentra la plena realización de sí misma más que en referencia a Aquél que constituye la razón fundamental de todos nuestros juicios sobre el ser, el bien, la verdad y la belleza” (JP II, 8dic78). La infinita trascendencia de este Dios, a quien alguien ha denominado como el “totalmente otro”, se acercó a nosotros en Cristo Jesús, se acercó a nosotros para ser totalmente partícipe de nuestra historia (JP II, 8dic78). Para luchar contra el ateísmo optando por el hombre “debemos remontarnos a Dios, pero no a un dios cualquiera que nos presente una religión natural, sino al Dios vivo, a Jesucristo, suprema razón para nuestro vivir, suprema belleza para contemplar, suprema bondad para imitar, supremo premio para conseguir” (JP II, 8dic78).
Conclusión
*     16. Señoras y Señores Formadores, permítanme que los llame así a Ustedes: Administrativos, Miembros del Personal de Apoyo y Servicios, Directivos, Profesores... Formadores de jóvenes en esta casa donde se juega el futuro de hombres y mujeres, en cuyo corazón “late la nostalgia por la verdad, el bien y la belleza” (JP II, 15dic83). Ustedes al formarlos hacen cultura. No olviden que es propio del hombre de cultura crear unidad: el hombre de cultura une a través del laborioso trabajo de lograr la síntesis superadora, yendo incluso a las raíces de los conflictos (JP II, 12abr87). A Ustedes la Sociedad, la Iglesia, Dios mismo, les entrega corazones jóvenes para que los hagan crecer en la unidad de la belleza, el bien y la verdad. A Ustedes se les encomienda custodiar el don de la juventud: “Juventud quiere decir libertad frente a prejuicios y esclerotizaciones ideológicas que impiden abrirse a la totalidad de la verdad. Juventud quiere decir capacidad de esperanza y de tensión hacia metas no meramente utilitarias, quiere decir disponibilidad para pensar y actuar con grandeza, sin dejarse intimidar por las presuntas exigencias de leyes y mecanismos inadecuados con la dignidad de la persona; quiere decir saber acoger en toda situación y acontecimiento la posibilidad de proceder de otra manera, de seguir buscando y de actuar con mayor profundidad para permitir al hombre no encerrarse en prisiones que él mismo ha edificado. Juventud es, finalmente, inclinación a la solidaridad y al deseo de comunión, insertos en el alma humana, no sofocada aún por la desmedida búsqueda del interés individual” (JP II, 12abr87). Se les pide a Ustedes cuidar este maravilloso don de la juventud, hacerlo crecer en juventud, en la juventud eterna de Cristo Resucitado. Para saber acoger el don de la juventud Ustedes mismos deben permanecer jóvenes, porque “la juventud es un don que de por sí pasa, pero espiritualmente puede hacerse perenne” (JP II, 7jun88). Y es el Eterno Joven, Jesucristo, quien puede realizar esto en Ustedes. ¡Permitidle a Jesucristo que os encuentre! (JP II, 8jun79): Él tiene poder sobre el corazón humano como para hacerlos a Ustedes aptos para acoger a estos jóvenes, sin corromperlos frustrando las expectativas más hondas de su nostalgia.
*     17. Sí, esto es lo que les pido a Ustedes hoy, a 17 años de la Carta de Principios: ¡Permítanle a Jesucristo que los encuentre! Que sea Él quien les cambie la vida a Ustedes (porque todo encuentro con Jesucristo nos cambia la vida).  Permítanle que los encuentre para que los haga más y más verdaderos formadores de estos jóvenes que se arriesgan a poner sus ilusiones en manos de Ustedes. Que ellos puedan recibir de Ustedes una verdadera cultura de los trascendentales: del bien, de la verdad, de la belleza, que los armonice en la unidad. Permítanle a Jesucristo que los encuentre a ustedes para que no caigan en la tentación de enanizar a estos jóvenes, nivelándolos hacia abajo, proponiéndoles como ideal una cultura de bailanta, propia del mercado, de la oferta y de la demanda de la carne y el espíritu humanos.
*     18. Fue ya hace muchos años, siglos, cuando un hombre, un ex universitario, un profesional, en la Indias Orientales había caído en la cuenta de todo esto; y entonces escribe una carta a su amigo, a su compañero de correrías apostólicas, y entre otras cosas le dice: “Muchas veces me mueven pensamientos de ir a [las casas de] estudios de esas partes [de Europa], como hombre que tiene perdido el juicio, y principalmente a la Universidad de París, diciendo en Sorbona a los que tienen más letras que voluntad para disponerse a fructificar con ellas: cuántas ánimas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos. Y así como van estudiando en letras si estudiasen en la cuenta que Dios Nuestro Señor les demandará de ellas y del talento que les tiene dado, muchos se moverían, tomando medios y Ejercicios Espirituales para conocer y sentir dentro de sus ánimas la voluntad divina, conformándose más con ella que con sus propias afecciones, diciendo: “Domine, ecce adsum, quid me vis facere? mitte me quo vis; et si expedit, etiam ad indos? (San Francisco Javier, Carta a San Ignacio del 15 de enero de 1544). Se llamaba Francisco Javier. Hoy también, cuando se piensa en lo perentorio del anuncio de Jesucristo para un mundo ansioso de su Palabra... y que no le llega, dan ganas de ir por las Unidades suscitando la nostalgia en el corazón de los jóvenes, de los formadores, liberándolos a todos del imperio de “la pavada”, y ayudándolos a decir: “Señor, ¿qué quieres que haga de mi vida?”.
*     19. Esto es lo que quiero decirles. ¡Déjense encontrar por Jesucristo! Y que María, la Virgo audiens (JP II, 15dic87) les abra a Ustedes el oído del corazón para saber percibir cuándo el Señor viene, cuándo habla, y cuándo entrega en nuestras manos el precioso don de la juventud para ayudarlo a madurar haciéndolo más hombre y más mujer.
 
 
 RELECTURA DEL DOCUMENTO “HISTORIA Y CAMBIO” EN SU 20º ANIVERSARIO
 
PALABRAS PRONUNCIADAS POR S.E.R. MONSEÑOR JORGE M. BERGOGLIO S.J., CON MOTIVO DE LOS 20 AÑOS DEL DOCUMENTO “HISTORIA Y CAMBIO
 
INTRODUCCION
 
1. En aquellos días de marzo de 1975, se plasmaba lo que el 12 de julio de 1973 el P. Arrupe había encomendado a la Provincia Argentina de la Compañíade Jesús: refundar la Universidad del Salvador. “Refundar” en su sentido etimológico: volver a aquello que le dio fundamento, volver a la fuerza inspiradora y constructora de los pioneros de este proyecto. En aquellos días se volvió a vivir la “mística fundacional”. ¡Cuántos recuerdos! Pasaron 20 años... Muchos se han esforzado por mantener esta mística buscando, en los momentos de decisión y de conflicto, la inspiración en aquellos días. Y, como en toda historia, también existieron los que dejaron debilitar la mística, la dejaron “cansarse” en el quehacer cotidiano... y -cuando no se apagó- quedó reducida a brumosos recuerdos más acordes quizá con la palidez de un cuadro de Millet. La vigencia de una mística se va perdiendo de a poco, sin darse cuenta casi, en las sucesivas circunstancias con que la vida la maltrata: el funcionalismo, las diversas formas de corrupción, la lucha de “internas”, la tristeza del corazón, etc. ... Por otra parte, toda verdadera mística es fundamentalmente agresiva: se impone hacia afuera de la Institución pero no con violencia tiránica sino más bien con esa mansedumbre que nace de la sabiduría. También hay otra realidad a tener en cuenta: desde 1975 hasta ahora, nuestro medio externo universitario ha cambiado. Se han multiplicado los Institutos educativos universitarios y -con dolor- notamos que algunos de ellos parten de “aprioris” no condicentes con la “universitas” ni con la dignidad de las personas: por ej. se habla de la rentabilidad per capita de una Universidad privada, al alumno se lo llama “cliente” y todo parece reducirse a una transacción mercantil, cuando no a una expresión más de la seductora hambre de consumo de nuestra cultura actual.
2. En situaciones así solo cabe una solución: mirar atrás y “recuperar la memoria” del camino andado. Se trata de esa dimensión deuteronómica de la existencia cristiana que se abreva no precisamente en mesiánicas promesas economistas o funcionalistas sino en la limpidez y frescura de las aguas de aquel primer manantial que le dio fundamento. Tanto frente a la pérdida de la mística interior de esta Institución como frente al medio ambiente mercantilista circundante, me parece nos hará bien hoy, al cumplirse 20 años del Documento “Historia y Cambio”, hacer un esfuerzo por recuperar la memoria, y que esta recuperación sea un nuevo punto de partida inspirador para las decisiones futuras. Por ello propongo, 20 años después, una memoriosa relectura de “Historia y Cambio”, de sus tres principios rectores: lucha contra el ateísmo; avance mediante el retorno a las fuentes; universalismo a través de las diferencias.
 
3. Cuando hace 20 años escribí la Carta de Principios no imaginábamos el curso que tomaría la historia. Estábamos situados frente a un espíritu cientificista o utilitario; frente a sistemas e ideologías claros y sistemáticos. Hoy, en cambio, las poderosas estructuras de la Modernidad se desgranan irremediablemente y a ese resto de su naufragio (que compartimos) lo llamamos con cierto pudor intelectual: “la posmodernidad”. El desafío histórico contiene toda la ambigüedad de una crisis y el hombre de hoy tiende -por inercia- a reconstruir lo que fue “el ayer”, cuando solo tiene en sus playas los restos de un viaje trunco. Por ello no nos extrañemos si en la galería del mundo actual encontramos raras convivencias de odios raciales o tribales al lado de predicadores de la paz y armonía con el cosmos, adoradores de cibernéticas y computadoras junto a modernos “yoguis” de la meditación trascendental, la frenética búsqueda de la mejor calidad de vida mientras un cada día más creciente número de personas decrece en su miseria y otros desfallecen de hambre. Todo este panorama aparece englobado por una tendencia de los poderes y dirigencias responsables a uniformar sus decisiones, evitando los grandes conflictos y -por otra parte- canalizando el precio y las contradicciones de los grandes cambios hacia las comunidades, etnias y sectores marginados de las sociedades.
4. En esta nueva situación, en este naufragio, somos parte activa: náufragos; y corremos el peligro de querer reconstruirlo todo por inercia, con los trastos viejos de un barco que ya no existe. O, por el contrario, negar nuestra incertidumbre, inhibiendo la fuerza creativa de nuestra propia historia, de nuestra historia memoriosa. El náufrago siempre está solo con su propio ser y su propia historia: esa es su mayor riqueza. A esta memoria pedimos hoy que acuda a nuestra ayuda. No pedimos ayuda ni a la mera repetición ni al snobismo desesperanzado de quien se acomoda sin más a los tiempos, sino a esa memoria que es verdadera anamnesis, reencuentro: como el profeta Elías, refugiado a escuchar en su silencio la brisa del Espíritu; como en la celebración eucarística, reencontrándonos con nuestra carne y la de nuestros hermanos en la Carne de Cristo. El ámbito universitario, en cuanto búsqueda permanente de sabiduría, es un espacio indicado para este ejercicio de la memoria: reencontrarse con los principios que permitieron realizar un deseo, destrabar lo que impide su continuación, ser fieles así a la propia misión que es precisamente aquello que se deseó y que ahora es y quiere seguir siendo. ¿Cómo rememorar aquellos principios ante estos nuevos desafíos? ¿Desde dónde buscar la ruta que reoriente el viaje del náufrago? Retomemos ahora la Carta de Principios y recordemos sus tres pautas (lucha contra el ateísmo, avance mediante el retorno a las fuentes, universalismo a través de las diferencias) e intentemos un discernimiento, una relectura.
 
Lucha contra el ateísmo
 
5. Hasta hace poco tiempo la influencia del ateísmo escéptico y la falta de una visión trascendente de la historia y de la vida fueron una preocupación constante. Nuestra consagración a Dios Padre desde la cosmovisión que implica el nacer en el seno del Cuerpo Místico del Verbo Encarnado, y especialmente desde la experiencia de vida del pueblo fiel creyente, nos ubicaba en una clara posición de fundamentación e identidad propia ante un contrario. La resistencia de sistemas, corrientes e ideologías que negaban la posibilidad de una fe creadora de cultura nos llevaba a replantear y crear formulaciones propias, sobre todo cuando el negar lo Absoluto o la persona misma de Dios era ya una motivación del pensamiento (siendo -quizás- esta razón una de las causas de deterioro de la Modernidad). Aquel hombre que militaba y se ufanaba de su ateísmo o de su cientificismo nos presentaba un frente claro, nuevamente opuesto, Pero hoy, en cambio, convivimos con una humanidad inquieta, buscadora de sentido a su propia existencia, deseosa de articular lenguajes y discursos para reconstruir una armonía del saber perdida; convivimos con una humanidad ansiosa por integrar su “yo” ante las inseguridades. No podemos dejar de ver como signo del Espíritu de Dios esta nueva búsqueda de lo espiritual.
6. Sin embargo ya sabemos del producto de la confusión de una crisis, de querer reconstruir los restos del naufragio: cada uno rehace una divinidad según donde la propia impotencia deje más al descubierto las heridas o las desorientaciones. Entonces ya no se trata de la manifestación de Alguien que se des-esconde (apokalipzein) y revela (epifanein) sino que la divinidad puede llegar a ser considerada como una energía revitalizadora que responda a nuestra necesidad de sentirnos acogidos, de ser pacificados. Hasta el mismo “yo” puede llegar a concientizarse de sus capacidades y -sanándose de sus actitudes negativas- descubre su esencia de amor, de divinidad. Se puede, incluso, en armonía con el cosmos y la naturaleza, prevenir y hasta curar enfermedades (el meollo del milagro)... y así podríamos seguir enumerando situaciones y fenómenos de esta nueva religiosidad. No se trata de negar aquí la riqueza que aportan las antiquísimas culturas, los avances de descubrimientos científicos ni la fuerza de los afectos, sino de prevenirnos contra esa mezcla descontextuada con la que tapamos, una vez más, nuestra desorientación.
7. Del otro lado, podemos encontrar una legión de fanáticos que, aferrados a sus temores conscientes o inconscientes, enarbolan las banderas de dioses que justifican sus aberraciones o simplemente sus prejuicios o ideologías. Es así que, desde el fundamentalismo de cualquier signo hasta la New Age -pasando por nuestras propias mediocridades en la vida de fe-, los náufragos postmodernos nos hemos nutrido en la poblada alacena del mercado religioso. Porque no debemos engañarnos: una vez más aquí estamos armando una casa con trastos viejos de ideologismos, cientificismos esotéricos o simplemente recurriendo a nuestro espíritu burgués consumista. El resultado es el teísmo: un Olimpo de dioses hechos a nuestra propia “imagen y semejanza” en el espejo de nuestras insatisfacciones, miedos y autosuficiencias; dioses atrapados en las propias inseguridades, reducidos a meras apoyaturas o justificativos de nuestras ilusiones y creencias. Un teísmo que muchas veces, en su explicitación, utiliza elementos cristianos pero con el fin de ir desmontando el cristianismo, diluyéndolo en la neblina de una divinidad vaporizada por el spray de los mercados.
8. En cierto modo estamos como la Iglesia primitiva, con el Dios de Jesucristo inmerso en un mundo donde los hombres pugnan por la propia divinidad, pero en una vida secularizada. Rememorar a nuestros primeros padres en la fe puede ser una visión analógica de utilidad para reencontrarnos con el espíritu de nuestra misión, aunque haya cambiado la letra. Como aquellos primeros cristianos debemos anunciar, no solo con mensajes convincentes sino fundamentalmente con nuestra vida, que la Verdad basada en el amor de Jesucristo a su Iglesia (es decir, a todos los que creen en El) es realmente digna de fe. Porque el nuevo ateísmo es precisamente esta confusión de dioses y hombres, en que ninguna palabra nos suscita confianza. Hartos de mensajes corremos el peligro de caer en la incertidumbre y la mala indiferencia, graves enfermedades del espíritu. Hoy, más que nunca, el camino es la santidad: es decir, ser testigos veraces de lo que se cree y se ama. Tan simple como crucificante. El Evangelio, que es Cristo, se transmite menos por medio de razones que por la misma vida... esta sí que es un espejo transformado y transformante, un reflejo no ya de nuestras opacidades sino de la Palabra de Otro. Esta vida testimonial puede ser más que un ejemplo, puede ser verdadera realización simbólica: la de un deseo unido al de Aquel que no podemos explicar pero que lo vivimos porque nos hemos dejado encontrar por Él y lo amamos. Y el símbolo, bien sabemos, crea cultura.
 
9. En la vivencia misma de la comunidad educativa cristiana que formamos es donde debe darse esta metanoia, esta conversión creativa. En nuestros criterios, en nuestras metodologías, en nuestra búsqueda incesante de la verdad -que no pretende ser omnipotente sino crucificada- se debe dar ese misterioso hecho cristiano que surge de todo encuentro real con Jesucristo: la verdad resplandece por sus límites más que por sus pretensiones. Más que una Universidad que brinde grandes luminarias o germine brillantes corrientes de pensamiento (don que no hay que dejar de pedir y desear) hemos de buscar una comunidad en la dé gusto adentrarse en la Verdad y la Belleza, una comunidad que invite con entusiasmo a vivir el Bien. Por otra parte, en el silencio del estudio, en la humildad de compartir y ayudarse está el remedio contra la mediocridad que lleva a la corrupción y contra el desinterés: ambas cosas que tanta incertidumbre provocan a nuestros jóvenes, que tanto motivan a la evasión y la superficialidad. Así también es la vida de nuestro pueblo fiel de Dios, ese que anónimamente predica a Cristo crucificado en su sufrimiento y al Resucitado en su esperanza, en las alegrías simples no sofisticadas. Pueblo que en nuestra Carta de Principios queríamos imitar. Ojalá nunca dejemos de inspirarnos en sus rostros sufrientes, en su desprotección y angustia -que conocemos hay en la Argentina de hoy- para estimularnos a investigar, estudiar y crear más. Cuando encuentren en la calle a deambulantes y abandonados, a chicos que piden o roban en su miseria, a jóvenes que se hunden en la droga y el alcohol, a gente de trabajo que sufre por el peso y la inseguridad de cada día... cuando vean colas en los hospitales para lo mismo hacer mañana... entonces no tengan dudas: allí está Dios; es Cristo que, desde la Cruz, desde el límite, nos llama a dar un paso más cada día. Contra el teísmo diluido que nos propone la omnipotente posmodernidad nosotros seguimos afirmando que “el Verbo es venido en Carne”... y también sabemos que todo aquel que niegue esto, ese es el Impostor y el Anticristo (cfr. 2Jo:7). Ya no está sobre el tapete -como hace 20 años- la negación de Dios, está su caricatura: esa miserable trascendencia que no alcanza ni a hacerse cargo de los límites de la inmanencia, sencillamente porque no se anima a tocar ningún límite humano ni a meter la mano en ninguna llaga (si la metiera, como Tomás, podría decir “Señor mío y Dios mío”). Nuestra lucha contra el ateísmo, hoy se llama lucha contra el teísmo. Y también hoy es de ley aquella verdad que Malegue, en otro contexto cultural pero refiriéndose a la misma realidad, tan sabiamente había afirmado en los albores del siglo: “Lejos de serme Cristo ininteligible si es Dios, precisamente es Dios quien me resulta extraño si no es Cristo”. A la luz de esta afirmación de Dios manifestado en la carne de Cristo podemos delinear la tarea formativa e investigadora en la Universidad: es un reflejo de la esperanza cristiana de afrontar la realidad con verdadero espíritu pascual. La humanidad crucificada no da lugar a inventarnos dioses ni a creernos omnipotentes; más bien es una invitación -a través del trabajo creador y el propio crecimiento- a creer y manifestar nuestra vivencia de la Resurrección, de la Vida nueva.
 
Avance mediante el retorno a las fuentes
 
10. La evocación de la primera comunidad cristiana puede ponernos en sintonía con el deseo de nuestro Pastor Juan Pablo II quien, en su reciente Carta de invitación al jubileo del año 2000, nos llama a reencontrarnos con las fuentes de nuestra fe. Nos exhorta a revivir cada año un Misterio distinto de la Trinidad Santa para recrear el encuentro personal con cada una de las Personas divinas, todo en un marco de conversión de fondo, cruda y sincera, de verdadera renovación bautismal. Es más, Su Santidad nos estimula con el ejemplo de miles de cristianos que en este siglo han sido testigos, con su vida y muerte, de la Verdad que queremos conmemorar; y nos convoca a reencontrarnos en la Maternidad de María con la reserva de confianza y ternura con que Dios quiere estimularnos hacia el nuevo siglo. Si a esto agregamos su insistente llamado a la nueva Evangelización no podemos dejar de ver su intuición de la necesidad de un nuevo renacer en la Iglesia. La misma vitalidad del Pontífice, su firmeza -a la vez innovadora en muchos aspectos- es un verdadero signo del Espíritu, signo que curiosamente (y lamentablemente) ha sido muchas veces más valorado fuera de la Iglesia que en ciertos círculos áulicos de la misma.
11. Ya me referí al reencuentro o rememoración en el Misterio Pascual, fuente de todo reencuentro con Dios y con nosotros mismos. Pero, en cambio, parece que en nuestra posmodernidad es más inconveniente reencontrarse con la realidad humana del límite, de la ley, de la siempre necesaria y siempre imperfecta autoridad. El relativismo es la tendencia actual a desacreditar los valores y -en definitiva- toda dignidad y -por tanto- toda misión, toda vocación, ese “sentirse llamados”(curiosamente su raíz coincide con “citatorium”, el ciudadano, el que pertenece a, el que se siente identificado con). No se trata de ver aquí conspiraciones ni planes (en sociología, la teoría del complot, desde el punto de vista hermenéutico, es una de las más débiles), pues no sería más que un artilugio para esconder nuestras propias falencias. El relativismo no es más que el producto de aquel mal espiritual del que hablábamos: el de la incertidumbre contagiada de mediocridad, que lleva al descreimiento, a la falta de compromiso con la propia comunidad. Es algo así como la imagen de muchos jóvenes (y otros no tanto) absortos en el “zapping” televisivo, en el videojuego, o el romance pasional con la computadora; todos medios que fantasean sobre la posibilidad de que la realidad pase rápido en un instante, que pueda ser dominada por una orden, instrumentalizada en un juego. Esto significa que el no compromiso con la realidad lleva a una mala práctica del ocio. El relativismo lleva a valorar y juzgar solamente por una impresión subjetiva: no cuentan otras palabras, no existen normas prácticas, concretas, objetivas. Sabemos bien del cuestionamiento que, al respecto, se quiere hacer del Magisterio de la Iglesia.
12. Debemos, una vez más, reencontrarnos aquí con nuestras fuentes. Cuando nuestra Madre, la Iglesia, nos remite a una norma objetiva, a una enseñanza perenne, no hace sino traducir al pensamiento y a la praxis la condición esencialmente humana y, por tanto, basada en su dignidad personal con que todo hombre, más allá de cualquier cultura y situación, debe contar como horizonte de su accionar. Estamos señalando la posibilidad de criticar y autocriticarse, al medio y a sí mismo, con una principalidad y normativa más allá de toda otra. Es la palabra última a la cual referirnos, la que nos libere de todo condicionamiento, la que nos refiera a nuestra propia esencia. Todo lo cual no quita que haya situaciones y procesos, ámbitos y culturas, que dificulten la comprensión y la vivencia de esta enseñanza. El crecimiento y el conflicto son parte de nuestra condición humana; pero es misión de la Iglesia ofrecer su mensaje universal.
13. Y es misión de la Universidad formarse y formar en esta conciencia de “universitas”: el hombre, en cuanto tal, es para el cristiano, hijo, filiación en el Unigénito del Padre, y -por tanto- hecho para aspirar a su Deseo, su Voluntad, que siempre reorienta la propia. La ilusión relativista de que en uno mismo está la propia orientación no es sino un viaje náufrago más que marca una nueva frustración. Los seres humanos no podemos vivir sin Ley que nos estructure, sin Llamado que nos oriente, sin Calidez de Padre que nos convoque. Aquí sí es necesario rememorar nuestra historia evangelizadora, con sus gracias y pecados, para consolidarnos en los cimientos que ya existen. Pienso en el legado jesuítico evangelizador de la fe de nuestro pueblo: orientado por un discernimiento de escucha en el silencio, de confronto iluminador con el Cristo trasmitido en la Palabra y en el encuentro eucarístico, que sabía leer los pasos a dar según el Espíritu, en una permanente tensión entre situaciones y culturas frente a la exigencia de este “universal” divino y humano de la enseñanza eclesial. El espíritu relativista busca evitar las tensiones, los conflictos; teme -por tanto- a la verdad. Cabe aquí repetir aquella frase evangélica que tanto gusta proclamar al Sumo Pontífice: “¡¡no tengan miedo!!”.
 
14. El desafío de avanzar mediante el retorno a las fuentes entraña el dejarnos entusiasmar y atrapar por aquello que gratuitamente se nos revela en la entrega y el sacrificio de Cristo, por Aquel Amor que se adelantó a todo amor desde la Creación. En estas épocas de inseguridad nos da miedo pensar que algo pueda ser un Don, gratuidad pura, pues todo parece moverse por puro interés. Comprometerse, creer en la Verdad, es la única garantía de ser libres. Y esto es así porque, perseverando en la constancia de un deseo y convicción, aceptando las dificultades temporales para su realización, sabiendo incluso que hay caídas en el camino, entonces así se crece y progresa con un sentido, con una direccionalidad ... se está firme en lo que se siente aunque, con el transcurso del tiempo, vaya adquiriendo nuevas configuraciones. A esto lo llamo avance mediante el retorno a las fuentes.
 
Universalismo a través de las diferencias
 
15. Hemos hablado de tensiones y de volver a renovarnos en el mensaje universalizador de la Iglesia. Debemos también volver a afirmar que la concreción de la verdad que creemos es posible en las particularidades diferenciadas y, por lo mismo, en nuestra particular situación argentina. Se trata no solo de perder el miedo a las verdades que afirmamos sino también a las verdades vividas en la historia de nuestro país, esa historia tan negada por el olvido. Allí tenemos la realidad heredada que se nos impone a sumir confiadamente como hijos, tomando ejemplo de tantos pueblos, del mismo pueblo de Dios que con un “pequeño resto” primero y luego con una pequeña comunidad de Apóstoles y Discípulos cambiaron la historia. De comunidades pequeñas pero conscientes de su identidad, afirmadas sin soberbias ni estereotipos sino con la serenidad de quien cree y convoca con su solo ejemplo es posible engendrar a aquellos que sean capaces de grandes renuncias y grandes deseos. Esta comunidad educativa, firme en sus principios y deseosa de vivir el Misterio en el que cree no debe nunca dejarse tentar por ambiciones de otro orden que no sean las de una más intensa búsqueda de vivir el espíritu, de encarnar la Verdad y el Bien por el que hemos sido constituidos. Engendrar verdaderos hijos de esa Verdad... aunque estemos ausentes de grandes acontecimientos de cartelera o de proyectos mundanamente ambiciosos.
16. A esta altura es necesario aclarar que otro espíritu de nuestra atribulada posmodernidad nos puede amenazar: un nuevo nihilismo que “universaliza” todo anulando y desmereciendo particularidades, o afirmándolas con tal violencia que logran su destrucción. Un vistazo al mundo actual, lleno de luchas fratricidas, terrorismos alienantes, pero -sobre todo- inspirado por una tendencia por uniformar políticas hacia un “nuevo orden”, por la internacionalización total de capitales y de medios de comunicación, nos deja un agrio sabor de despreocupación por los compromisos sociopolíticos concretos, por una real participación en la cultura y los valores locales. Hemos malamente “universalizado” nuestros intereses en el único interés por sobrevivir o vivir el momento intensamente. Soñar con un medio ambiente sano o con la posibilidad de una compra en el shopping, o el contar con los sistemas de comunicación multimedia se ha transformado en metas de vida hallables en todas las sociedades. El hombre de carne y hueso, con una pertenencia cultural e histórica concreta, se va transformando -a través de los alambiques de esta ilusión vana- en una suerte de “homo universalis”, inmanentemente universalizado... y la plenitud a la que se nos invita a aspirar no sería otra que “universalizarnos” en el “hombre light”. Queremos ilusionarnos con una individualidad autónoma, no discriminada... y terminamos siendo un número en las estadísticas del marketing, un estímulo para la publicidad. Somos “la nueva burguesía”: parte de la nueva burocracia, la del comercio y división del trabajo según lo dicte el mercado internacional.
17. Nuestro espacio es limitado: esa es la realidad. Lo posible de esta comunidad universitaria estaría, entonces, en acrecentar la comunicación personal, el intercambio de palabras y, sobre todo, de la Palabra que nos mantenga vivos, creativos, libres del agobio de esta “nada apabullante”. No nos resignemos al sentimiento oceánico de dejarnos llevar por la corriente: eso es camino de muerte, es canción de gitaneo metafísico: “que las olas me traigan y las olas me lleven / y que nunca me obliguen el camino a elegir” (M. Machado). Confiemos más bien en Aquel que, con la Cruz al hombro, nos invita a la Vida, nos mira con ojos humanos, nos habla con nuestras palabras, nos ama con afecto humano. Esta es la opción del náufrago, esta su hora: o se resigna a entregarse a las olas, o se anima a levantarse y recomenzar.
 
CONCLUSIÓN
 
18. A 20 años de “Historia y Cambio” he querido releer los tres principios rectores a la luz de esta nueva cultura de la posmodernidad. Si en un momento determinado de nuestra historia un hombre se atrevió a hablar de “la cultura del cambalache” para reflejar una situación concreta, me he permitido hoy señalar a esta pretensiosa posmodernidad, a sus afanes universalizantes en nuevos nominalismos metafísicos, con el calificativo de “cultura del naufragio”. Esto no significa encerrarse en un pesimismo, al contrario: despierta reto, desafío, vocación. La lucha contra el ateísmo, en esta cultura, hay que proponerla como lucha contra el teísmo, contra ese “dios” destilado, trascendente pero dentro de los límites de la inmanencia... siempre a nuestra mano para ser usado como un instrumento más del consumismo que nos agobia. Se pretende una mística sin misterio. Y el pecado aquí -además de la blasfemia y la apostasía- es la omnipotencia de sentirnos dioses porque, aun proclamando su trascendencia, lo hemos encapsulado en nuestra chiquita enfermedad de pigmeos. El avance mediante el retorno a las fuentes hoy nos pide una decidida toma de posición contra todo relativismo ya sea de tipo consecuencialista, ya utilitarista, el que la naturaleza humana se torna biodegradable siguiendo el imperativo coyuntural de las circunstancias. Afirmamos que todo avance no arraigado en las fuentes que nos dan el existir, también el cultural y el histórico, es ficción y suicidio. El pecado aquí es el narcisismo: ese repliegue subjetivista de los valores que nos induce a un “avance mediante el consensuar coyuntural”. Entramos aquí también en una degradación: ir “nivelando hacia abajo” por medio del consenso negociador. Se avanza pactando. Nuestro lenguaje cotidiano se hace eco de esto: progresar, entonces, supone “transar”, “negociar”, “zafar” ..., etc.. El universalismo a través de las diferencias supone, en este naufragio postmoderno, una lucha a fondo contra todo tipo denihilismo que, en el fondo, entraña el desinterés egótico por todo aquello que no soy yo ni mi quietud esencialista. No hay lucha, no se acepta el lenguaje tan humano -y tan “carnal”- de la tensión. En el fondo se niega la Encarnación del Verbo.
 
Y aquí, con esto termino, afirmando una vez más la Verdad que nos puede rescatar de la orilla solitaria en este naufragio teísta, relativista y nihilista: el Verbo es venido en carne. Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre, sigue siendo la Verdad, la Belleza y el Bien supremos. El es “el derroche de gratuidad” del Padre (cf.Ef. 1:8). A ÉL LA GLORIA POR LOS SIGLOS.
 
Buenos Aires, 17 de mayo de 1995.
Jorge Mario Bergoglio, S.J.


[1] En: Universidad del Salvador. Documentos de Trabajo 1996, págs. 23 a 34.