La expulsión de los jesuitas en 1767 no tuvo como consecuencia una transformación en la enseñanza pública en el Río de la Plata, ni en los métodos ni en las doctrinas. En el momento de la expulsión, la Compañía ya tenía un centenar de escuelas y colegios y la asistencia de la población indígena a sus aulas era significativa; para dar dos ejemplos: en 1611, a la escuela de Asunción asistían 400 indígenas; en Santo Tomé, 900 (de una población de 1400 familias). Fundamentalmente, les enseñaban a leer, escribir y contar. En cuanto a la segunda enseñanza, tenían colegios en las ciudades argentinas de Santa Fe, Córdoba, Corrientes, Tucumán, siendo el de Buenos Aires (asentado en la Plaza de Mayo en 1617) el primer antecedente del conocido Colegio del Salvador en la avenida Callao.
La enseñanza de la filosofía y de la teología se desarrolló con importante presencia en los planes de estudio y sentó bases doctrinarias. Basta con decir que, en una carta, Carlos III felicitaba al obispo de Tucumán por haber expulsado a los jesuitas, pero le daba la mala noticia de que no había expulsado el jesuitismo. “Temo que hayan dejado una bomba, que algún día explotará”. Se refería a las doctrinas democráticas del Padre Francisco Suárez, que sostenían que la autoridad no descendía de Dios al gobernante sino al pueblo, que luego elegía a sus representantes; esta fue una llave de oro para los hombres de 1810 que, recordemos, solicitaron el regreso de la Compañía de Jesús, injustamente expulsada, el cual se concretó en 1836.
Cabe recordar puntualmente que fueron los jesuitas los responsables de la formación en sus universidades de Córdoba y Chuquisaca, y después en Mendoza y Asunción, de las generaciones que pensaron y llevaron adelante los acontecimientos de mayo de 1810. Los que no estudiaron en las universidades jesuitas se formaron con maestros que sí lo habían hecho.
Un dato significativo de los cambios que los jesuitas trajeron al Río de la Plata fue la fundación de las bibliotecas, junto con los Colegios y Universidades, que fueron casi las únicas en el territorio nacional hasta la independencia. A pesar de que los libros eran caros, los jesuitas supieron vencer los obstáculos y desde los primeros sacerdotes que desembarcaron en tierra americana, todos venían cargados de libros, que consideraban símbolo del progreso e instrumento de la cultura. Este convencimiento se mantiene y justifica la muy completa biblioteca que supieron tener en el Colegio Máximo de San Miguel, la del Colegio del Salvador y la bien provista RedBus de la USAL, cuya sede central se encuentra en nuestro edificio más sustentable, el de Córdoba y Montevideo en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.


